Versión narrativa de una leyenda de tradición oral coatepecana.

El camino era tan conocido que parecía imposible perderse. Bastaba entrar entre los cafetos, seguir el paso que ya habían abierto otras personas y regresar por el mismo sitio. La casa no estaba lejos; tampoco el punto donde comenzaba la vereda.

Eso era lo que tranquilizaba al caminante.

En las leyendas de Coatepec, los duendes aprovechan precisamente esa confianza. Se presentan donde todo parece familiar y consiguen que una persona avance sin notar que el regreso empieza a desaparecer detrás de ella.

UNA VOZ ENTRE LAS MATAS

Aquella persona entró al cafetal pensando en una salida breve. Al principio distinguía cada referencia: una separación entre las plantas, el cambio del suelo bajo los pies, la claridad del sitio por donde había pasado.

Más adentro escuchó una risa.

Se detuvo para identificarla. Parecía la de un niño que jugaba cerca, aunque no alcanzaba a ver quién se escondía entre las matas. Después oyó algo que sonaba como una llamada, una invitación a acercarse unos pasos más.

El sonido no era amenazante. Tenía la ligereza de un juego que ocurría justo fuera de la vista. Por eso siguió adelante: quería encontrar a quienes parecían divertirse tan cerca.

Una rama se movió. La risa volvió a escucharse desde otro punto.

El caminante cambió de dirección.

DETRÁS DE LO QUE SIEMPRE SE ALEJA

En los relatos de estos seres, el engaño no necesita grandes promesas. A veces basta una voz infantil; otras, un pequeño ruido que despierta la curiosidad. Lo que parece estar a unos pasos obliga a caminar una distancia más, y luego otra.

La persona iba reconociendo algo y perdiéndolo enseguida. Una abertura entre las hojas parecía conducir al camino, pero al llegar sólo encontraba nuevas plantas. Una claridad le hacía pensar que estaba cerca de la salida, hasta que el follaje volvía a cerrarse.

Intentó regresar sobre sus pasos.

Entonces descubrió que no podía reconocerlos.

Los cafetos se parecían demasiado entre sí. Había hojas en todas las direcciones, tallos que repetían sus formas y pequeñas separaciones por las que era posible pasar. El terreno no se había vuelto más grande, pero había dejado de ofrecerle un rumbo.

La risa continuaba apareciendo de vez en cuando. Ya no parecía amistosa: era el recordatorio de que algo lo había guiado hasta allí.

EL CAFETAL SIN SALIDA

El caminante se apresuró y luego tuvo que detenerse. Cuanto más intentaba resolver el extravío moviéndose, más se alejaba de las señales que creía recordar. Buscó el ruido del exterior, una conversación, cualquier sonido que perteneciera al camino conocido.

Se quedó escuchando.

Había un cambio difícil de explicar: la llamada que antes parecía cercana se mezclaba ahora con los ruidos de las plantas. No sabía si venía de una persona o si había confundido desde el principio cada movimiento de las hojas.

Volvió a avanzar, esta vez con la incertidumbre que había reemplazado a su seguridad. Ya no buscaba a los niños ni trataba de descubrir el juego. Sólo quería encontrar el borde del cafetal.

Cuando por fin salió, el alivio no llegó completo.

El lugar no coincidía con el que esperaba. Había caminado convencido de estar cerca de su entrada y, sin embargo, estaba lejos de ella. Lo que en su memoria había sido una pequeña desviación no alcanzaba para explicar el recorrido.

EL REGRESO Y LA EXPLICACIÓN

La tradición reúne distintas formas de ese regreso. Hay quienes reaparecen lejos del punto de partida; otros creen haber estado fuera unos instantes y descubren que los buscaron durante horas. El extravío afecta al camino, al tiempo o a ambos.

Quien escuchaba esos relatos en Coatepec podía darles un nombre: los duendes habían hecho de las suyas. Las fincas y los alrededores de parajes como Bola de Oro aparecen dentro de ese universo de risas, llamadas y pequeños engaños.

La persona que había regresado podía intentar reconstruir su ruta, pero siempre encontraba un instante que no lograba explicar: aquel en que decidió seguir la voz.

A partir de allí, todo le había parecido cercano. Y, aun así, cada paso la había llevado más lejos.