La Llorona de Coatepec: la mujer que esperaba junto al arroyo
Versión narrativa de una leyenda de tradición oral coatepecana.
El caminante se detuvo porque creyó que alguien lloraba cerca del agua. El sonido llegaba entre los ruidos de la noche y se alargaba de una manera que obligaba a prestar atención. No parecía una conversación ni una llamada corriente: era una queja que terminaba perdiéndose en el aire.
Esperó a que se repitiera.
El arroyo seguía corriendo. Después volvió el lamento, más difícil de situar que antes. El hombre miró hacia la oscuridad y trató de reconocer el punto de donde venía.
En Coatepec, la leyenda de la Llorona se ha contado junto a ríos y arroyos, y también en calles y barrios del pueblo. Sus apariciones toman distintas formas. Ésta reúne la figura vestida de blanco, el encuentro nocturno y el descubrimiento que transforma la curiosidad en miedo.
EL RUIDO DEL AGUA
El hombre avanzó pensando que encontraría a una persona. Había escuchado historias de aparecidos, como cualquiera que creciera oyendo relatos de los mayores, pero una cosa era recordarlas en una casa y otra suponer que estaban ocurriendo delante de él.
Al acercarse distinguió una figura de espaldas.
La claridad de su vestido la separaba del fondo oscuro. El cabello caía sobre ella y le ocultaba el rostro. Estaba junto al agua, inclinada sobre una piedra, haciendo un movimiento que al caminante le pareció el de alguien que lavaba ropa.
La hora le resultó extraña.
Miró alrededor para ver si había alguna otra persona. No encontró compañía, ni una explicación para aquella labor hecha a solas en medio de la noche. El golpe del agua y el movimiento de las manos parecían llenar todo el espacio.
La mujer no se volvió.
EL ACERCAMIENTO
El caminante quiso llamar su atención. Esperaba que levantara la cabeza, que dijera algo o que le permitiera entender por qué se encontraba allí.
Dio unos pasos más.
Hasta ese momento, lo que veía podía pertenecer a la vida ordinaria: una persona de espaldas, una piedra junto al cauce, unas manos ocupadas. Era la suma de la hora, el silencio y aquel llanto lo que hacía crecer la inquietud.
El hombre se esforzó en apartarla. Si la desconocida necesitaba ayuda, no debía dejarla sola por una historia que recordaba de niño.
Entonces ella comenzó a girar.
No lo hizo de golpe. El movimiento le dio tiempo a esperar un rostro humano, a imaginar la respuesta que recibiría y a sentirse cerca de resolver la extrañeza.
Lo que vio destruyó esa confianza.
EL ROSTRO IMPOSIBLE
En las versiones coatepecanas, el encuentro con la mujer de blanco puede terminar cuando muestra un rostro semejante al de un caballo o una mula. La figura que de espaldas parecía humana revela algo que el testigo no consigue mirar sin terror.
El caminante retrocedió.
Durante un instante perdió la noción de la distancia entre sus pies y el arroyo. Había avanzado para ayudar a una persona; ahora sólo buscaba alejarse de aquello. El ruido del agua ya no le servía de referencia y el lamento parecía ocupar el lugar entero.
No se quedó a hacer preguntas.
Se apartó de la piedra, volvió hacia el camino y apresuró el paso. Cada pequeño sonido lo obligaba a escuchar hacia atrás, aunque no quisiera mirar. Le parecía imposible que el encuentro hubiera empezado con una preocupación tan sencilla.
La mujer permanecía ligada en su memoria al instante anterior a volverse: el vestido claro, el cabello, las manos sobre la piedra. Esa apariencia había bastado para acercarlo.
EL LLANTO QUE QUEDA
En la tradición oral de Coatepec, las referencias a la Llorona alcanzan lugares como el barrio de San Miguel y La Anáhuac, donde la presencia del agua acompaña las historias del lamento nocturno.
No todos los relatos muestran a la aparición. En algunos sólo se escucha el llanto; en otros, el encuentro termina con la huida de quien consigue verla. Lo que permanece es la sensación de que una voz humana ha conducido a una presencia que no lo es.
El caminante volvió al pueblo llevando esa duda. Podía describir el agua y el vestido. Podía explicar por qué se había acercado. Pero, cuando llegaba al momento del rostro, las palabras dejaban de parecerle suficientes.
Y cada vez que recordaba aquel primer lamento comprendía qué había hecho tan difícil resistirse: antes de sentir miedo, había creído escuchar a alguien que necesitaba ayuda.