La procesión de las ánimas de Coatepec: la ofrenda de las dos piedras
Versión narrativa de una leyenda de tradición oral coatepecana.
La niña sabía que se acercaba Todos Santos porque las casas empezaban a oler a flores y a comida recién hecha. En algunas puertas se acomodaban los primeros adornos; detrás de otras, las familias hablaban de quienes volverían a visitarlas, aunque ya llevaran años enterrados.
En su casa faltaba su madre.
La pequeña no podía preparar una mesa como las que había visto en el pueblo, pero deseaba recibirla con algo. Se acercó a su padre y le pidió dinero para comprar una ofrenda. Él no quiso escucharla. Tenía trabajo pendiente y consideraba inútil gastar en alguien que ya no estaba.
La niña insistió. Entonces el hombre miró hacia el suelo y le indicó que pusiera dos piedras. Si tanto empeño tenía en preparar el altar, eso podía ofrecer de su parte.
La respuesta la dejó quieta. Durante un momento no supo si recogerlas o volver a pedirle ayuda. Su padre terminó la conversación marchándose al campo, y ella comprendió que tendría que arreglarse sola.
UN ALTAR PEQUEÑO
Salió a buscar flores. No llevaba monedas ni una canasta llena de compras: sólo la decisión de que su madre encontrara un lugar dentro de la casa. Reunió un ramillete y regresó cuidando que no se deshiciera entre sus manos.
Una vecina le regaló un plato de quelites. La niña recibió el alimento con agradecimiento; ahora ya tenía algo que ofrecer, además de las flores. Acomodó unas rajitas de ocote y colocó también las dos piedras que su padre había señalado.
La mesa era humilde. Ningún recipiente rebosaba y no había abundancia con la que impresionar a nadie. Sin embargo, al terminar, la pequeña se quedó frente a ella con la tranquilidad de haber hecho cuanto estaba a su alcance.
Mientras tanto, su padre continuaba trabajando. El ruido de su labor ocupaba sus pensamientos y le permitía olvidar la petición de la niña. Para él, el día debía transcurrir como cualquier otro.
Hasta que vio una claridad entre los árboles.
LOS QUE REGRESABAN
Al principio creyó que alguien se aproximaba por el camino. La luz fue creciendo, acompañada por la presencia de una multitud. El hombre dejó de trabajar y se ocultó para observarla.
Pasaban personas que llevaban recipientes, canastas y alimentos. La marcha tenía una dirección segura, como si todos conocieran un camino que a él le resultaba imposible comprender. Había algo familiar en aquellas figuras y, al mismo tiempo, algo que le impedía salir a su encuentro.
Fue mirando los rostros. Después miró las cargas. Cada persona parecía llevarse lo que había recibido durante su visita.
La comprensión llegó despacio, antes del verdadero espanto: aquella gente pertenecía al mundo de los muertos.
Casi al final reconoció a su esposa.
La había imaginado tantas veces dentro de la casa que verla allí, formando parte de aquella procesión, lo dejó sin fuerza para moverse. Quiso llamarla, pero sus ojos se detuvieron en lo que llevaba.
Eran las flores que había reunido su hija y el pequeño plato de quelites. También estaban las dos piedras.
No necesitó que nadie se las explicara. Reconoció su propia burla convertida en una carga que su esposa se llevaba consigo. Todo lo que había negado por la mañana estaba ahora delante de él, más claro que cualquier reproche.
EL REGRESO A CASA
Cuando pudo apartarse del camino, corrió hacia su casa. Ya no pensaba en terminar el trabajo. Buscó a la niña y le pidió que comprara alimentos, que preparara una ofrenda abundante, que hiciera cuanto él le había impedido hacer.
La pequeña lo escuchó. Pero el momento de recibir a los visitantes había terminado.
Su madre ya se había marchado. Tendrían que esperar hasta el siguiente año.
El hombre miró la mesa y entendió que la prisa no podía devolver lo que había dejado pasar. El dinero que ahora estaba dispuesto a entregar no alcanzaba para cambiar su respuesta de aquella mañana.
La leyenda cuenta que, desde entonces, nunca volvió a faltar una ofrenda en esa casa. El padre recordaba los alimentos; la hija recordaba las flores. Y entre ambos permanecía el recuerdo de dos piedras que habían viajado donde ningún vivo podía ir a recogerlas.